jueves, 09 de abril de 2009

ALCOHOL, SANTA LOCURA

Caminar siempre ha sido un momento para restaurarse. Vas pensando en lo que dejás y lo que tomarás. Justamente cuando son las seis, o el reloj color vino ha dado la vuelta una que otra vez sobre los punteros de los dos primeros cuartos del día, y sobre la mitad de las cinco, ya puedes asegurar que estamos de locura.

Una niña de quince años que ofrece su cuerpo, al desdén de cualquier beneficio. Una señora extiende su cuerpo en el pavimento y clama por una ayuda, para siempre. Vos estas ahí, y yo caminando contigo, somos infieles a la corrupción, no somos así, no entendemos porque serlo y nos divorciamos. Caminamos aquí porque no hay más caminos, vos te sentís como alivianado, explanado, desvirtual a todo lo que pasa, pero escuchás. Otro hombre abraza a una mujer y se colapsan. Una jóven grita: Tomemos todos, bebamos, porque el amor no existe. Sostiene su vaso, menea sus dietas y corre. A beber por que el amor no existe. Y el Santo Domingo se pierde una ves mas.

Los vapores del licór suben a la más tierna cima de desconfianza. El más puro se tizna, y las aves están sin alas. Allá el Santo Domingo que canta inerte, que canta alegre, que canta tristemente nostálgico y que se ríe del infortunio de saber que estamos mal, queremos estar bien, pero seguimos sólo sabiéndolo.

Los hombres navegan en el charco de sus pecados, por las calles, vos estas ahí, intocable, pálido, débil. Las lagunas de alcohol suenan dulces y traen demonios, Otro hombre se levanta a reír, y otro llora por recuerdos. Hay un niño que sigue sus pasos, y una madre que no sabe que hacer, siempre y cuando deba ser bueno.

Aquí entonces emergen los gatos. Salen de todos lados, vestidos de fieros, con largas batas y túnicas del arte de sus pesares, con las garras escondidas, con los ojos entablados, no miran a nadie pero conocen la vida de todos. Y aquel que esta allá, sin la protección de los ángeles será su víctima, y aquel que tiene la protección de los ángeles, que vigile, sus rasguños no perdonan.

Y los perros, que son como gatos amansados, callan, miran y no dejan dormir en paz, merodean las calles con atabales, con ceremonias y rituales, escarbando las lisonjas de los demás esperando la clemencia, haciendo la paz del infortunio, clamando por sangre, pero quietos sin donarse.

El cielo se desdobla sobre mis calles, un amplio agosto vuelve a llover alcohol y una niña, esta vez ciega, cae en el centro, todos la levantan hasta caer juntos. Un anciano desaparece de entre los muertos, como si todos pagaran una reserva segura, y que sólo estuviéramos esperando el día, la hora, el segundo, o la vida con cáncer.

Todos están separados, juntos, y pegados, equidistantes, pero cerca, privilegiadamente sentados en un banco engrasado y entrañable. Bajo esas ofertas mis botas, que siguen en las calles, con luces blancas avasallantes, mi carretera se dibuja en Borges, con toda su fuerza, y en Cortázar con toda su premura para pervertir el verbo, una lingüística finísima se esconde en el que pasa callado, y las esperanzas son una vasija hirviente bajo los muslos de la señora ocultista, ahí donde los santos respiran forzados.

El Padre se semidivierte cuando ve las profecías, y yo prefiero encerrarme a no vivir lo que estamos viviendo. Vos estas ahí, caminando conmigo, encerrado quizás a todo lo que no sos, porque no fuiste así nunca, porque gracias a Dios odiaste tu encierro, que te hizo bien y mal, pero tu mal es la cura de la felicidad de tus necesidades y el secreto de vuestras noches de silencio, y esa misma soledad del bien, que es malo por demás, te hace desigual, distante, alguien que comprende una palabra que se esconde, un gesto que se disfraza, una ciudad que se pierde, un sello que se extingue.

Jorge Quintanilla

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